God Save The Queen

Vacío, frío, desconcierto y enojo. Deben ser las emociones que aún corren por las venas de todos los aficionados ingleses que vieron ayer caer a su selección comandada por el viejo lobo colmilludo de (Roy Hodgson) en un escenario que fue por demás hermoso e imponente.
Esta vez Niza fue testigo del fracaso más grande del siglo del fútbol inglés al ver al debutante que, en opinión de tu servidor, amigo lector, ha sido el más prolífico de la Eurocopa. No hablamos de otro cuadro que no sea el de Islandia.
Todo comenzaba color de rosa para los ingleses, cuando en el minuto tres Haldórsson derribó a Raheem Sterling en el borde del área chica y regaló un penalti. El encargado: Wayne Rooney, quien cobró perfectamente a la base del palo derecho del arquero islandés, dejándolo sin oportunidad de siquiera rozar la de gajos. Así se adelantaba Inglaterra, apenas a los cuatro minutos de acción. Nadie, absolutamente nadie se esperaba lo que iba a suceder después.
Pero poco duró la alegría. Se nos venía la ola islandesa. Se le venía la noche encima a Joe Hart y compañía en la retaguardia británica porque, apenas dos minutos después del frenesí causado por la anotación de Rooney, aparecían los vikingos azules. Desde la banda derecha, viajó una raya por conducto de un saque de banda en el que el veterano Harnasson peinó la pelota para que el muchacho del Krasnodar, Ragnar Sigurdsson, pusiera las tablas entre islandeses e ingleses con tan solo seis, sí, seis minutos en el cronómetro. Lo visto en el Allianz Riviera era de locos. Y lo que todavía faltaba de partido…
Islandia empezaba a ser más en el partido, mostraba su capacidad de autoconocimiento, determinando que sabían de lo que eran capaces y de lo que no, y partiendo de ésa premisa de juego, al minuto diecisiete, mediante una artística combinación de primera intención de los genios vikingos de la pelotaencabezados por el virtuoso Gylfi Sigurdsson clavaron el segundo pepino en la cabaña británica con setenta y tres minutos por delante. Fue Kolbeinn Sigthórsson quien a los diecisiete minutos de partido estaba poniendo a toda una nación en su primer partido de cuartos de final en cualquier competición internacional, haciendo ver ridículo a Joe Hart tratando de bloquear lo que terminó por ser un tiro victorioso, posiblemente el gol más importante de la historia del fútbol islandés (al menos por ahora),
Ni qué decir sobre el desastroso partido de los ingleses, que sobrevivieron los setenta y tres minutos restantes sin un rastro de fútbol, sin ideas, sin imaginación, sin algún signo de querer romper una maldición que los persigue desde hace diez años. Dos lustros de perder todos, absolutamente todos sus partidos de fases de eliminación directa en cualquier competición internacional. Es una completa barbaridad.
Creo yo, que el momento más vergonzoso fuera de la prueba de las manos de mantequilla de Joe Hart fue el último cabezazo de los ingleses, el intento final de una nación que está atravesando una crisis que ahora alcanza al deporte más hermoso del mundo, el remate con la testa de Delle Alli que salió tan mal que el ‘Beau Jou’ (balón oficial del tórneo) salió del tapete verde entre berrinches.
Islandia, por su parte, ya no es una sorpresa, ya no es la Cenicienta de la Euro, jamás se le podrá ver como un rival débil. Todo aquel que se enfrente a los vikingos de azul deberá recordar que son igual de fuertes y capaces, que tienen el talento y la guía adecuada para sacar del camino a su rival.
El día de ayer, 27 de junio, quedará marcado por una prueba de proporciones continentales que nos indica que ya no hay rivales pequeños, que todos pueden contra todos y que todos estamos propensos al error. Ése día queda tocado por el festejo nórdico encabezado por el capi Aron Gunnarsson, guiando a la afición para ser escuchados sus rugidos en todo el mundo.
Inglaterra (que Dios te salve) tiene muchas cosas que replantearse y trabajar para dejar de hacer el ridículo de una buena vez. Y enhorabuena a Islandia por hacer de la Euro de los gigantes su Euro. Grandísimo equipo.

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