Liverpool: la gloria de la locura y la fe

El Liverpool se ha plantado por sorpresa en la final de la Champions League a base de goles, locura, descaro y crecimiento. Todo ello, en torno a dos hombres: Salah y Klopp.

El Liverpool se planta en la final de la Champions League de Kiev
El Liverpool se planta en la final de Kiev tras sufrir contra la Roma

Locos, dementes, ingenuos… los calificativos de todo aquel que, allá por el mes de septiembre, osara predecir que el Liverpool llegaría a la final de la UEFA Champions League no tendrían fin. Los calificativos que el 99% de los aficionados al fútbol, por no decir el 100%, aplicarían aquellos que a orillas del Mersey soñaran con una final de la máxima competición continental trece años después de Estambul. Pero ahí está. A base de goles, descaro, crecimiento y fe, sobre todo fe, el Liverpool se ha plantado en Kiev y buscará la gloria ante el todopoderoso Real Madrid.

No partía entre los destinados a la gloria, no estaba en la terna de Madrid, Barcelona, City, United, Chelsea, Bayern, PSG o Juventus, pero desde un escalón intermedio ha conseguido alcanzar el cielo europeo. Ahora solo le falta la gloria. La gloria que ya tocó en el 77, 78, 81, 84 y en el 2005, la más reciente, con remontada incluida ante el AC Milan.

Más allá de los datos, el Liverpool de Klopp es un equipo de sensaciones. De sensaciones porque las necesita para jugar al fútbol. Otros solo usan número, estadísticas, disparos, ocasiones, posesión. Pero los ‘reds’ del presente viven de los sentimientos. Parece que si no hay locura no hay gloria. Al menos en lo que a la Liga de Campeones se refiere. Pasó la fase de grupos tras empatar ante Sevilla y Spartak en la primera vuelta, justo antes de pulverizar –con un 10-0 de parcial- al Maribor. Esos sentimeintos, esa locura que rodea al actual Liverpool salió a relucir ante el Sevilla, con el conjunto hispalense logrando empatar en Anfield tras una primera parte de ensueño ‘red’ y un 3-0 en el marcador. Al final, la goleada ante el conjunto ruso –nada menos que otro 7-0- les hizo pasar de ronda como primeros de grupo.

Tras superar la fase de grupos, el objetivo más realista del Liverpool era llegar a cuartos de final y, desde ahí, ponerse a soñar. El sorteo no fue malo para el conjunto británico, aunque tampoco bueno. El Oporto siempre es un arma de doble filo gracias a su historia. Pero no hubo lugar a las dudas. En el mes de febrero, ahí cuando Salah ya carburaba como número uno, cuando Firmino complementaba a la perfección el juego del egipcio y cuando Mané y su velocidad aprovechaban los espacios que los dos jugones ofrecían. Fue ahí, con ese 0-5 en tierras lusas cuando este Liverpool comenzó a ilusionar de verdad.

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En liga, las cosas iban cada vez mejor. Aunque lejos del City, el conjunto de Klopp cogió cierta regularidad –hablamos de ‘cierta’ dentro de un equipo sin regularidad alguna- y, con la Champions ya prácticamente asegurada en competición doméstica, las intenciones se centraron en buscar la gloria europea. Para entonces, para cuando el City apareció en el camino del Liverpool, los ‘reds’ ya soñaban a lo grande. Soñaban digo, porque la realidad se esperaba bien distinta. Llegaba el todopoderoso conjunto ‘citizen’, con sus millones, con sus cracks, con el título de la Premier League casi en el bolsillo gracias a una campaña impoluta y con un entrenador del nivel de Pep Guardiola en el banquillo. Sin ninguna duda, el equipo del Mersey tenía muchas papeletas para ver finalizada su andadura en la UEFA Champions League.

Pero gracias a esa falta de presión o, siendo ahora ventajistas, al nivelazo del equipo de Klopp, el Liverpool consiguió superar la eliminatoria. Con esa locura, con esa vaivén de sensaciones, con ese descontrol que tanto necesita. Pero ojo: descontrol controlado. El Liverpool vapuleó a su rival en una primera parte de escándalo, para el recuerdo; auténtico fútbol. Ahí cuando Salah encontró los espacios que Firmino creaba para él, cuando encontró la espalda de Laporte, el Liverpool ya estaba en semifinales. ‘Solo’ quedó defender en la segunda mitad y sufrir en los primeros 45 minutos de la vuelta en el Etihad. Una eliminatoria que fue fiel reflejo de la evolución ‘red’: el supercrack Salah –que costó poco más de 40 ‘kilos’ por cierto- acompañado por el superclase Firmino, por la velocidad imparable y descontrolada de Mané, por la calidad de Chamberlain, la solidez de Henderson, la brega de Milner, el físico de Wijnaldum, la imponencia de Van Dijk, el oficio de Robertson, la evolución de Arnold, la seguridad de Lovren y la tranquilidad de Karius. En esos rasgos se ve la evolución del Liverpool de Jurgen Klopp desde la llegada el técnico alemán.

A partir de ahí llegó la semifinal. Tocaba la Roma, arma de doble filo tras eliminar,-¡y de qué manera!- al FC Barcelona. Pero otra vez llegó la locura, las sensaciones, las emociones, el descontrol que tanto controla el Liverpool. Manita, con otra exhibición de Salah, y de Firmino, y de Wijnaldum, y de Milner, y de Van Dijk… una manita solo empañada por dos fallos: el de Lovren al medir mal un salto y propiciando el primero de la Roma y el penalti, transformado a la perfección por Perotti. Dos goles que dieron vida al conjunto italiano y también a la eliminatoria pues con 5-0 prácticamente no hubiera existido la vuelta.

Y la vuelta, qué decir de la vuelta. A ratos parecía que la Roma asediaba, que Dzeko iba a marcar, que Nainggolan la iba a poner en la escuadra, que El Shaarawy iba a hacer de las suyas… pero llegaba el Liverpool a la contra y anotaba. A ratos parecía que eran los visitantes los que dominaban, los que tenían la posesión, los que iban a anotar el segundo… y llegaba la Roma y anotaba. Entre tanto, ya entrada la segunda parte y sin noticias de Salah, la Roma se vino arriba. Era lógico. Tiró de orgullo y aprovechó los nervios de los jugadores más limitados del conjunto ‘red’ –como Arnold, Karius o Lovren- para darle ese tono épico a la eliminatoria. Parecía que nunca llegaría la remontada pero a punto estuvo de ser realidad. Al final, con sufrimiento eso sí, el Liverpool aseguró su presencia en Kiev el próximo 26 de mayo.

Y lo hizo, como ya hemos avanzado antes, gracias a una mezcla, a un batiburrillo de ingredientes que han sido juntados a base de conocimiento, trabajo y estrategia. Klopp y su equipo técnico han exprimido la sesera para hacer de un conjunto de buenos jugadores, un auténtico equipazo que congrega la calidad y velocidad del tridente, con el oficio y el trabajo del centro del campo y la seguridad defensiva que ha aportado la llegada de Van Dijk y el asentamiento de los dos laterales. Y todo ello con un sinfín de bajas –la última, la importantísima de Chamberlain-. Kiev aguarda la gloria, la gloria de un equipo, de un equipazo, de una ciudad, de una afición… la gloria de los incrédulos. Y es que como dice el ‘Cholo’, “nunca dejes de creer” y eso parece que se lo han aplicado Jurgen Klopp y los suyos.

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